Vamos al colegio por trece años, donde aprendemos habilidades básicas, descubrimos nuestros intereses y construimos amistades indefinidas; es el lugar donde nos formamos como seres sociales. Luego nos graduamos, escogemos una carrera para estudiar de acuerdo a nuestras aptitudes y metas, e ingresamos a la universidad. Cuatro o cinco años más tarde hemos obtenido conocimiento especializado para convertirnos en profesionales listos para el campo laboral.

Empezamos a trabajar en una compañía, donde seguimos aprendiendo y creciendo. Pero poco a poco y sin darnos cuenta, la rutina nos atrapa. Seguimos horarios, cumplimos responsabilidades y terminamos proyectos.

Es el caso de muchas personas que una vez acostumbradas a tal estilo de vida, sienten que algo falta. Queremos hacer algo distinto, que nos ventile, que nos distraiga, pero que también nos nutra y nos permita aprender algo nuevo.

Aprender es humano

Tal como expuso el recientemente fallecido neurocirujano y escritor, Oliver Sacks, nuestros cerebros tienen la capacidad de seguir creciendo a lo largo de nuestras vidas. Cada vez que practicamos una vieja habilidad o aprendemos una nueva, nuestras conexiones neuronales se fortalecen y nuevas células son generadas. Aprender un nuevo idioma, viajar a otro lugar o desarrollar una nueva pasión, estimula el crecimiento de nuestros cerebros.

Es así como el aprendizaje dura toda nuestras vidas y contrario a lo que se nos ha hecho creer, no se limita a los años de la niñez. Pensar, reflexionar, analizar, sintetizar, argumentar, retarnos, es lo que nos hace humanos. Es una necesidad que debemos satisfacer para nuestra salud mental y emocional.

Esta necesidad nos impulsa a desarrollar nuevos pasatiempos y practicar talentos que pensábamos imposibles de adquirir. Invertimos el tiempo sin pensar en cuánto dinero estamos dejando de hacer. La dedicación responde a una curiosidad, un interés que hemos mantenido latente por mucho tiempo, y esta curiosidad inicial luego se convierte en una pasión.

La primera mujer negra en ir al espacio, Mae Jemison, habla sobre la importancia de integrar y conciliar la enseñanza de las ciencias y el arte. Lo explica a través de un ejemplo propio: cuando fue a la misión espacial, llevó consigo un poster de danza, una estatua Bundu y un certificado de ciencias y matemáticas emitido por la Escuela Pública de Chicago. Cada objeto representa la creatividad humana requerida para concebir, construir y lanzar la nave espacial. Cada uno es una manifestación, una encarnación de la imaginación y el análisis, presentes y no separados en la mente humana. Las ciencias y las artes son tanto analíticas como intuitivas; tanto deconstructivas, como constructivas. No son dicotómicas, son complementarias.

Esto explica por qué es usual ver a médicos que pintan, sociólogos fotógrafos, bailarines que también son biólogos, administradores que diseñan, filósofos matemáticos y escritores que estudian la teoría de la relatividad.

Debemos satisfacer la sed para adquirir nuevo conocimiento, que rete nuestro pensamiento, nuestra creatividad y nuestra imaginación para seguir creciendo por el resto de nuestras vidas.

Es cierto que nuestras rutinas nos agobian, que nuestras historias se han vuelto predecibles. Pero también es cierto que aprender es humano y que dura toda nuestras vidas: es una necesidad natural a la cual hay que reservarle tiempo.

En Teachlr, te damos la posibilidad de que sigas aprendiendo a tu propio ritmo, cuándo y dónde quieras. 

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